Esos labios sabor miel (tan dulce) pero a la vez sabor café (tan amargo), hacen una mezcla de la que cualquier persona que los pruebe, quiera repetir y repetir y repetir. Hasta yo, que soy de no engancharme mucho a las cosas, de cansarme rápido de todo, no los puedo olvidar.
Y qué decir de tus lunares. Esos que a primera vista no son nada, pero que si te fijas, son un mundo. Te hacen sexys, creo yo. Cada vez que encuentro uno nuevo, lo uno con el anterior, repasando cada línea con mi dedo, provocándote un escalofrío y provocándome otro a mí. Y así, de tanto unir líneas, formo una historia en tu espalda que le contaré a nuestros hijos y a nuestros nietos.
Vale. Hablemos ahora de tus ojos. Nadie puede decir que se ha perdido si nunca ha mirado tus ojos, eso sí que es perderse, pero no como perderse por las calles de un pueblo cualquiera, es perderse por las calles de París. Mirarlos es como adentrarse en el mar, como ahogarse en un pozo sin fondo, del que no puedes salir nunca, pues así, solo que aquí en vez de no poder salir del pozo, no puedes dejar de mirarlos. Son tan claros, tan azules, esconden tantos secretos...
¿Que más? Bueno, que más da. Eres la perfección en persona. Tal cual.
